jueves, 24 de diciembre de 2009

¿Pell de brau?

Perdonada la alusión escatológica, el debate "intelectual" planteado en torno a la iniciativa del Parlamento de Cataluña conducente a la prohibición de las corridas de toros me recuerda a aquello de "el que tenga las manos coloradas es el que ha sido" que solía proferir el artífice de los efluvios olorosos en medio de una reunión pública que pedía cuentas al autor de aquel desmán. En los pasillos del Parlament, como pudimos ver por televisión la semana pasada,los políticos catalanes -de Esquerra Republicana, CiU y PSC fundamentalmente- repetían por activa y por pasiva que la iniciativa antitaurina no se fundamentaba en razones identitarias. Por esta vez, la oposición que abiertamente construyen catalanistas entre España-Cataluña para ganar votos y abrir facturas insanas, quedaba a un lado.
Joan Puigcercós, representante de ERC, destacaba que la "tradición taurina" de Cataluña no era óbice para desterrar del suelo del Principado tales inhumanas prácticas. Tanta insistencia procedente de los maniáticos persecutorios contra todo lo que califican de "español", adjetivo que emplean en sus foros y jerga interna con un tono insultante e hiriente, es demasiado sospechosa. La palabra la tuvieron aquellos días llorosos animalistas, defensores de los derechos de estos mamíferos y -en general- de toda especie biológica. Como decía Arcadi Espada recientemente, estas dos nuevas afrentas, el referendum por la independencia de la Comunidad en el que participó menos del 30% de un censo convocado que representaba a menos del 15% de la población catalana global y la iniciativa antitoros son una buena muestra de que a los desespañolizadores de Cataluña les queda mucho por hacer aún. Un esfuerzo indisimulado por hacernos creer a los demás lo que es demasiado evidente: un paso más para erradicar una de las huellas de la colonización española -Espanya, cul d'Europa, como repiten en los foros de la prensa nacionalista los independentistas- en tierras catalanas, vanguardia de la Península Ibérica hacia el refinamiento y la exquisitez de lo mejor del Viejo Continente.
Días tristes los causados por la mascarada celebrada a propósito de esta nueva agresión a las filiaciones de una parte de la sociedad catalana y de la cultura del país; porque la estructura del Estado de las Autonomías deja, en esta cuestión, como en tantas otras -como en el incumplimiento de las leyes que regulan los símbolos constitucionales, la emisión del Discurso de Navidad del Rey, las normas autonómicas que impiden rotular en la lengua oficial del Estado en Cataluña, etc., etc.- inerme a la Administración General del Estado para defender lo que la mayoría de la sociedad demanda; tristeza porque se ha desoído la llamada de intelectuales y figuras del arte y la cultura de todo el país, empezando por los catalanes; porque no se respetan los derechos de una minoría, la taurina, que tiene todo el derecho de disfrutar de su vicio minoritario como los numismáticos o los coleccionistas de pipas de ébano, etc. Tristeza, en suma, porque el resultado de esta iniciativa parlamentaria, que nos ofreció la imagen inusual y vergonzante en una democracia de los diputados tapando las papeletas para ocultar el sentido de su voto, deja tras de sí una sociedad más maniquea, más extraña a sí misma y más pobre. Menos pell de brau la del poeta Espriu, descabezada, si nadie lo remedia, allá por donde soplan los vientos de la Tramontana y baña el Mediterráneo.